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Rabbit Hole18 de 60

Fibonacci, la espiral dorada y el Creador Único

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Mira a tu alrededor. Observa la naturaleza. Fíjate en el mundo en el que vivimos. A veces, cuanto más prestas atención a las cosas que te rodean, más empiezas a preguntarte: ¿Realmente estamos viendo patrones al azar, o hay algo más profundo detrás de todo esto?

Empecemos con una secuencia de números.

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, y así sucesivamente.

A esto se le llama la secuencia de Fibonacci. El principio es sencillo: tomas los dos números anteriores y los sumas para obtener el siguiente número. 1 + 1 = 2. 1 + 2 = 3. 2 + 3 = 5. Y así sucesivamente.

Ahora, toma un rectángulo áureo y divídelo en cuadrados más pequeños según la secuencia de Fibonacci. Traza un arco a través de esos cuadrados y empezarás a ver cómo toma forma una espiral. A esto se le conoce comúnmente como la espiral de Fibonacci.

Pero la espiral en sí no es lo importante. La verdadera pregunta es dónde encontramos este tipo de patrones en la naturaleza.

Toma un girasol, por ejemplo. Fíjate en cómo están dispuestas sus semillas. A menudo puedes contar espirales que van en direcciones opuestas, con números como 34 y 55. Mira una piña o una piña de pino, y encontrarás disposiciones similares. Estos patrones no son solo fruto de la imaginación de alguien. Se pueden observar en la forma en que crecen muchas plantas.

¿Y por qué pasa esto? Una explicación es que la forma en que se desarrolla el nuevo crecimiento permite a las plantas organizar sus semillas, hojas u otras estructuras de manera eficiente, aprovechando bien el espacio disponible. Las matemáticas que hay detrás son fascinantes.

Pero sigamos adelante.

Los patrones en espiral también aparecen en las conchas, los huracanes y los brazos de las galaxias. La naturaleza produce patrones que pueden parecer sorprendentemente similares, incluso cuando hablamos de cosas a escalas completamente diferentes.

Ahora, quiero dejar algo claro. No todas las espirales de la naturaleza siguen exactamente la secuencia de Fibonacci, y la concha del nautilo no es una espiral áurea perfecta. No tenemos que exagerar lo que vemos para apreciar lo fascinante que es.

Piénsalo: estamos hablando de relaciones matemáticas que aparecen en los seres vivos, en las estructuras que nos rodean y en el propio universo.

Así que esta es la pregunta que quiero que te plantees: ¿qué nos dice todo esto sobre la realidad en la que vivimos?

Para mí, estos patrones nos invitan a profundizar. Plantean preguntas sobre el orden de la naturaleza, las leyes que rigen el universo y si la realidad que experimentamos apunta más allá de sí misma hacia un Creador.

Y ahí es donde entra la conversación sobre Dios.

Tú hablas de Dios. Nosotros hablamos de Alá. Pero, ¿qué es Alá?

Desde una perspectiva islámica, Alá es el único Dios absoluto. La palabra árabe «Alá» se refiere a Dios, y el mensaje central del islam es que Él es uno, único y no depende de nada. Todo lo demás depende de Él.

El Corán lo deja claro en la sura Al-Ikhlas:

«Di: “Él es Alá, [quien es] Uno,
Alá, el Refugio Eterno.
Él ni engendra ni nace,
«Tampoco hay nada que se le pueda comparar».
— Corán 112:1–4, traducción de Sahih International.

En árabe, el inicio es «Qul huwa Allahu ahad». Dices: «Él es Alá, el Único».

Allahu-s-samad. Alá, el Refugio Eterno. Aquel de quien todo depende, mientras que Él no depende de nada.

Lam yalid wa lam yulad. Él no engendra ni nace.

Y no hay nadie comparable a Él.

Ahora, presta atención a lo que esto significa. No estamos hablando de un objeto más dentro del universo. Estamos hablando del Creador del universo mismo.

Esto nos lleva a una pregunta con la que la gente suele tener dificultades: ¿cómo colocas a un Creador absoluto dentro de un mundo relativo?

Todo lo que experimentamos en este universo existe bajo ciertas condiciones. Experimentamos el tiempo. Experimentamos el espacio. Experimentamos la materia. Las cosas cambian, crecen y, al final, desaparecen.

Pero cuando hablamos de Dios, la concepción islámica es que Él no es otro objeto atrapado dentro de esas mismas condiciones. No es un ser temporal que llegó a existir y que, con el tiempo, dejará de existir.

Aquí es donde entra el argumento filosófico de la existencia necesaria. Somos seres dependientes. El universo, tal como lo experimentamos, cambia constantemente. El argumento es que la realidad dependiente, en última instancia, requiere una explicación más allá de sí misma, y que el fundamento último de la existencia no debe depender de otra cosa.

Puedes estar en desacuerdo con ese argumento, pero al menos entiende qué es lo que realmente dice. No estamos tratando de meter a Dios en el universo. Estamos preguntando qué explica la existencia del universo en primer lugar.

Y eso nos lleva de vuelta a los patrones que vemos a nuestro alrededor. Los números de Fibonacci no prueban matemáticamente que Dios exista. Pero cuando miro el orden de la naturaleza, veo algo que vale la pena investigar en lugar de descartarlo sin pensarlo.

Ahora, volvamos a las Escrituras.

La gente suele enredarse con los nombres. Judaísmo. Cristianismo. Islam. Discuten sobre las etiquetas, las tradiciones y las diferencias entre sus comunidades.

Pero, ¿qué pasa cuando volvemos a la pregunta fundamental de quién es Dios?

El Corán dice:

«Di: “Él es Alá, [quien es] Uno”»,
— Corán 112:1, traducción de Sahih International.

La afirmación central del islam es que Dios es uno e incomparable. El Corán también habla de Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma como parte de la historia de la guía divina. Desde la perspectiva islámica, el mensaje esencial que compartieron fue la sumisión al único Creador.

Ahora bien, no estoy diciendo que las escrituras usen exactamente las mismas palabras en todas partes, ni que los judíos, los cristianos y los musulmanes estén de acuerdo en todas las enseñanzas. Es evidente que no lo están. Te pido que analices la cuestión fundamental de la unicidad de Dios y consideres qué tienen en común estas tradiciones.

Moisés enseñó a adorar a Dios. Jesús llamó a la gente a acercarse a Dios. Mahoma llamó a la gente a acercarse a Dios. Sus seguidores tienen diferentes interpretaciones de sus enseñanzas, pero la cuestión del Creador único sigue siendo central en esta discusión.

Entonces, ¿por qué dejamos que los nombres cobren más importancia que el mensaje?

Y hay otra pregunta que vale la pena plantearse. ¿Cómo pudo un hombre que vivía en la Arabia del siglo VII conocer todos los descubrimientos científicos que la gente haría siglos más tarde? Los musulmanes ven las descripciones que hace el Corán del mundo y de la existencia humana como señales de revelación de Aquel que conoce completamente a Su creación.

Ese es un tema que la gente debería analizar con cuidado, revisando los versículos reales y las afirmaciones científicas que se hacen, en lugar de aceptar cualquier afirmación popular simplemente porque alguien dice que prueba el Corán.

Porque lo importante no es imponer una conclusión a cada patrón que descubramos. Lo importante es investigar, usar nuestra razón y preguntarnos qué significan las pruebas.

Para mí, la unidad de estas tres religiones empieza con la cuestión de la unidad de Dios. Ese es un principio fundamental del islam, y es una cuestión que se remonta a las enseñanzas de los profetas que vinieron antes que Mahoma.

Así que mira a tu alrededor. Estudia la naturaleza. Estudia las matemáticas. Lee las escrituras. Haz preguntas. No dejes que la etiqueta de otra persona, o el argumento de otra persona, te impida pensar por ti mismo.

La cuestión va más allá de una espiral. Va más allá de un número. Se trata de la existencia de todo lo que nos rodea —y del Creador que intentamos comprender.